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Enrique Villén: «Los actores somos instrumentos al servicio del director, pero también del guión y de la historia que se quiere contar»

Enrique Villén, todo un showman que engrandece con su enorme personalidad la figura del actor secundario.

Su participación en múltiples películas y series de televisión lo han convertido uno de los rostros más reconocidos del panorama interpretativo español, tanto por el público como por la crítica.

En la actualidad, podemos verlo en «El nudo» e impartiendo un importante taller online de interpretación para principiantes.

Genio y figura
Detrás de las grandes estrellas de cine siempre hay otros intérpretes (casi anónimos) cubriéndoles las espaldas, haciéndoles brillar con mucha más intensidad en el firmamento cinematográfico y robándoles sin ningún tipo de dificultad una escena o incluso, en muchos de los casos, toda la película. Nos referimos a las actrices y actores que llamamos secundarios, de reparto o de soporte, cuyos nombres nunca aparecen en los primeros lugares de los títulos de crédito, pero que son una parte fundamental en todas las historias que interpretan.
 
Muchos espectadores, aunque quedan marcados con sus personajes, solo los reconocen por el rostro, ni siquiera saben como se llaman. Y ellos se limitan a cumplir fielmente con su cometido sin rechistar, sin ser el centro de atención, manteniéndose en un segundo plano, contentos de que los focos iluminen de lleno otras siluetas. Pero orgullosos del trabajo que han realizado. 
 
Uno de estos eternos secundarios, acostumbrados a que otros se lleven la gloria, es Enrique Villén, una de las caras habituales en las salas de cine y en los hogares españoles. Estamos ante un actor inmenso con una capacidad fuera de lo normal para interpretar cualquier tipo de papel y una cualidad que solo tienen los grandes intérpretes: la de convertirse en el dueño de todas las escenas en las que aparece (lo que se ha llamado durante toda la vida un robaescenas). Y eso que coqueteó con otras profesiones antes de dedicarse por completo a la interpretación.
Un profesional incombustible
Sin embargo, además de ser una de las caras más recurrentes del cine español, Enrique es, sobre todo, un trabajador infatigable y un profesional en estado puro. Durante cuarenta años de oficio ha conseguido construir una sólida carrera profesional y es normal que todos los directores con los que ha trabajado quieran repetir con él: Álex de la Iglesia, Fernando León de Aranoa, José Luis Garci, Pedro Costa, Santiago Segura… 
 
Dominador de todas las facetas interpretativas, el intérprete madrileño es uno de los actores mejor valorados de nuestro país, tanto por la crítica como por el público. Todo un showman al que no se le resiste ningún personaje debido a su capacidad camaleónica. Su versatilidad es tan incuestionable que ya hace mucho tiempo que dejó atrás la etiqueta de actor de comedia, que le pusieron al principio de su carrera, para convertirse en un intenso y arrollador intérprete dramático. Quién no recuerda su mítica aparición televisiva como Rosswell en Plutón BRBNero, de Álex de la Iglesia, o sus interpretaciones en muchas películas de José Luis Garci, Fernando León de Aranoa o el propio Álex de la Iglesia. 
 
Sin ser el personaje principal de la función (salvo en contadas ocasiones), sin que todo lo que acontece en la trama gire a su alrededor y sin que encabece el título de la película, Enrique, con la incuestionable calidad que le inculca a todas sus actuaciones, acapara toda la atención del espectador con su sola presencia. Incluso cuando una película no ha cumplido con las expectativas, Enrique ha demostrado, una vez más, que él es capaz de destacar por encima de cualquier dificultad. 
 
En estos momentos, podemos verlo en El nudo, la nueva serie de Atresmedia Televisión como el astuto teniente inspector encargado de investigar qué le pasó a uno de los personajes e impartiendo un interesante taller de interpretación online para principiantes en este arte.
Un actor polivalente
P. Con más de cuarenta años de profesión, 26 de ellos haciendo cine, ¿cómo crees que has evolucionado como actor durante todo este tiempo? 
 
R. Si echo la vista atrás, hacia lo que he vivido durante estos cuarenta años, me doy cuenta de que no he llegado hasta aquí de un día para otro. Nada de esto ha sido fruto de la casualidad. He experimentado muchas emociones y satisfacciones (también algunas pequeñas decepciones). Pero lo más importante para mí ha sido el cariño del público y el respeto de mis compañeros. 
 
Desde mi humilde opinión, creo que he conseguido mucho más en mi profesión de lo que esperaba en mis inicios. Nada es fruto del azar, hay mucho trabajo y dedicación detrás de todo esto. Si se quiere, creo que con esfuerzo, empeño y perseverancia todo se puede conseguir. Aunque la suerte también influye bastante, tenemos que poner mucha atención y dedicación para conseguir las cosas. 
 
P. Aunque te lo habrán preguntado en infinidad de ocasiones, ¿nos puedes contar cómo fueron tus inicios en el mundo del espectáculo? 
 
R. Toda esta historia es muy larga de contar. Muy poca gente sabe que empecé mi carrera profesional en la radio, concretamente en la cadena SER, con solo 16 años. Luego trabajé como showman, monologuista (algo que está ahora muy de moda), humorista, cómico e imitador en varias salas de fiesta. Creo que esa etapa ha sido la más feliz de mi vida. 
 
De showman pasé a manejar títeres con la compañía de Juan sin Miedo. Estuve dos años poniéndoles la voz a estas figuras. Aunque mucha gente no lo sabe, este tipo de espectáculo también entra dentro del mundo de la interpretación. Ponerle las voces a las marionetas y darles expresión no es tan fácil como parece. Allí aprendí el oficio trabajando. 
 
Después me enrolé en una compañía de teatro, Calderón de la Barca, con quienes hice B de Bolos. Estuve de oyente en la RESAD. Más tarde hice figuración para entender el mundo audiovisual y además poder ganar algo de dinero. Luego di el salto a la televisión con un programa de mucho éxito que se llamaba Inocente, inocente. 
 
P. ¿Cómo conseguiste entrar en este programa? 
 
R. Pedro Barbero fue la persona que me introdujo en este medio. En aquella época Pedro Barbero era Dios. Trabajaba como director, guionista y productor ejecutivo de Inocente, inocente, un programa de bromas , el programa más exitoso que había en televisión. Me hizo una especie de proceso de selección. Le gusté tanto que me contrató para trabajar en este espacio de bromas. Allí conocí a Álex de la Iglesia. Álex venía de Bilbao y estaba buscándose la vida como realizador en Madrid. Ya había rodado su primera película: Acción mutante, que había tenido mucho éxito, y el mítico cortometraje Mirindas asesinas
 
Tuvimos que hacerle una broma un poco heavy (se ríe) al actor Pere Ponce, utilizando como gancho al célebre director Fernando Colomo. Acababan de rodar juntos Alegre ma non troppo. Le hice creer a Pere Ponce que me había quitado el papel que acababa de interpretar en esa película. Fue una broma que vio mucha gente del cine y a partir de ahí empezaron a fijarse en mí. Colomo, no sé si él lo recordará, me dijo algo así como: «¿Dónde estabas tú metido durante todo este tiempo?» o «Lo que se ha perdido el cine durante estos años».
 
El tiempo y el arte
P. ¡Vaya comentario tan bonito que te hizo Fernando Colomo! 
 
R. Siempre me acuerdo de todo lo que se dice de mí, sobre todo si es bonito (se ríe). Es uno de los mayores halagos que he recibido. Aunque no he tenido nunca la suerte de trabajar con Fernando. 
 
La broma fue de campeonato. Le di vida a un personaje desquiciado que intenta quemarse vivo echándose gasolina. Me esposé a Pere Ponce, quien hizo todo lo que pudo para calmarme. El chaval lo pasó mal, pero la broma la encajó muy bien. Algo grotesco, pero divertido. Fue una broma (muy dura, típica de Álex) que tuvo mucho éxito y que sirvió para darme a conocer. En aquella época Televisión Española tenía una audiencia espectacular. 
 
A partir de ahí empezaron a tenerme más en cuenta y Álex me dio la posibilidad de hacer mi segunda película: El día de la bestia. Mi primera película fue Justino, un asesino de la tercera edad de La Cuadrilla, con la que debuté en el cine. Aunque lo hice un poco tarde, a los 28 años. 
 
P. ¿Cómo entraste en contacto con La Cuadrilla? 
 
R. A través de Álex de la Iglesia. Álex me llamó para decirme que se iban a poner en contacto conmigo unos tipos que se hacían llamar La Cuadrilla. Querían que trabajara con ellos en su primera película. «Haz la película, Enrique», me dijo Álex. Era la primera película independiente española (todavía no existía aquí el cine independiente como tal), una producción muy arriesgada, en blanco y negro, sobre un anciano recién jubilado que trabajaba como puntillero de una plaza de toros y que, de la noche a la mañana, se convierte en un asesino. Apenas había dinero para rodarla. Pero la Cuadrilla decide hacerla con un grupo de amigos. Era como hacer de un cortometraje un largometraje. 
 
La película, inesperadamente, tuvo un éxito tremendo. Ganó premios en el Festival Internacional de Sitges, en El Festival de Cine Mediterráneo de Montpellier, dos Premios Goyas… Recaudó un dineral en la taquilla (30 millones de pesetas de la época). El productor era José María Lara, una persona excelente y un productor maravilloso, que después del enorme éxito que tuvo, y sin haber ningún tipo de compromiso, nos pagó a todos los que participamos en ella. Porque rodamos la película sin cobrar un duro. Solo nos pagaron las dietas. 
 
P. ¿Qué dos momentos de tu carrera profesional recuerdas con especial cariño? 
 
R. La primera vez que mi nombre apareció en el cartel de una película. Fue en El crimen del cine Oriente (1997), de Pedro Costa. 
 
Y cuando gané un Premio Goya como productor, en 2007, por el cortometraje A ciegas. Lo puse en marcha a través de Bisojo Media Producciones, mi productora. 
 
P. ¿Cómo ha evolucionado la industria del cine en estos 26 años de profesión? 
 
R. Vamos a mejor en muchísimas cosas y a peor en otras. Como en todas las profesiones. Aunque la parte artística también ha cambiado mucho, la tecnología ha marcado la evolución del séptimo arte durante los últimos años y técnicamente estamos mucho más avanzados. Casi todas las películas se ruedan en digital, ya que sale mucho más barato que rodar en celuloide. 
 
El cine es una experiencia que se debe valer de la tecnología, siempre y cuando se consiga hacer una producción de calidad. Por el contrario, si la tecnología acaba convirtiéndose en el único factor clave de una película, dejando a la propia obra relegada a un segundo plano, no me interesa esa relación.
 
El arte requiere de un tiempo que ahora mismo, debido a la velocidad de vértigo a la que nos vemos obligados a trabajar, no tenemos. Como cualquier otra actividad, el arte necesita de un tiempo para su ejecución. 
Aquellos felices años
P. Has trabajado mucho en cine y televisión, ¿el trabajo es el mismo en los dos medios? 
 
R. La televisión es prima hermana del cine, pero no son iguales. Aunque ahora se empiezan a parecer cada vez más. Cuando empecé en este mundo las películas se rodaban, en el 98 % de los casos, con una sola cámara y las series con tres. Nunca vi más de una cámara en el rodaje de un filme. Ahora hay más de una cámara en la mayoría de los casos. Las series, como se ruedan también en digital, son películas que tienen continuación. Un telefilme se puede rodar exactamente igual que una película. Para los actores no hay ninguna diferencia.
 
P. ¿Cuándo surgió tu afición por el cine? 
 
R. Durante mi niñez. Mi afición al cine surge porque era un niño exhibicionista. Tenía fama de ser un niño gracioso, muy simpático, que caía bien. Me llamaban Pirracas. Veía que la gente se reía con las cosas que hacía y eso me gustaba. Entonces decidí ser artista. 
 
Las salas de cine eran un lugar en el que me encontraba muy bien. Ir al cine era una forma de diversión, no había otra en aquella época. Todo el mundo era aficionado al cine, era el espectáculo que más nos cautivaba. Allí aprendí muchas cosas de forma inconsciente. El cine es apasionante, pero a mí me apasiona más como espectador que como actor. 
 
P. ¿Qué era lo que más te llamaba la atención del cine en aquella etapa de tu vida? 
 
R. En lo que más me fijaba era en los actores y en las actrices. Otros se fijaban en la luz, en la decoración o en la realización. Pero yo me fijaba, principalmente, en la historia y en los actores. 
 
P. ¿Nos puedes contar alguna anécdota divertida relacionada con aquella época? 
 
R. Un día, como muchos otros, mi padre fue hasta una sala de cine a buscarme. Me había escapado del colegio con dirección al cine. Mi padre conocía ya hasta a todos los que trabajaban allí (se ríe). Junto al acomodador (alumbrando con su linterna) se pusieron como locos a buscarme entre el patio de butacas. Y yo ahí escondido para que no me pillaran (se ríe). 
 
P. ¿Te gustaba en especial algún actor o actriz de aquella época?
 
R. Os podría decir miles. Desde Ismael Merlo hasta José Bódalo, pasando por José María Rodero y Carlos Larrañaga. Estoy hablando de gente que hacía mucho más teatro que cine. Eran auténticos maestros. Los padres, aunque a veces los llamo abuelos, de la interpretación. José Luis López Vázquez, Manuel Alexandre… La lista sería interminable. Y si hablamos de actrices, había cien mil que eran estupendas. 
 
Entrabas en el Teatro Español de Madrid a ver El cantar de mio Cid, que es un auténtico coñazo, y cuando veías a ese elenco de actores encima del escenario decías: «Me he enterado de todo». Es muy difícil aguantar dos horas de texto en verso. En un verso que no es nada fácil porque no es octosílabo. Y la gente estaba acostumbrada a escuchar poemas construidos por octosílabos. Esos eran mis referentes. 
 
Andrés Pajares también me gusta mucho. Para mí Andrés ha sido, quizás porque yo también era humorista e imitador, si no el mejor, uno de los mejores showmen que hemos tenido en España. Me emperré en querer imitarlo. Pero en esa época apenas había medios para estudiar al personaje. Entonces, ¿que hacías? Pues irte al teatro a verlo actuar. Y yo iba al teatro tarde y noche. Pero no un día, sino semanas enteras. Porque quería imitar a Andrés Pajares a toda costa. Hasta que lo conseguí (se ríe). Iba a verle cada dos por tres en Del caño al coro del coro al caño para aprender todo sobre él y luego imitarle en Morocco. Andrés se acuerda todavía de esto. 
«Soy un clown»
P. Aunque siempre has tenido una enorme pasión por tu trabajo, ¿te has aburrido alguna vez de la interpretación? ¿Crees que el aburrimiento es el gran miedo de un actor? 
 
R. Yo no me aburro de la interpretación. Siento pasión por mi profesión. Me puedo aburrir (más bien enfadarme o sentirme mal) si no hago bien mi trabajo. Cuando no dispongo del tiempo necesario para preparar adecuadamente un papel, me empiezo a poner nervioso. Creo que la interpretación, como las demás artes, requiere de un tiempo. Como lo requiere la pintura, la literatura o la música. Necesita de un proceso de búsqueda para intentar de alguna manera crear un personaje. Eso es lo que más me gusta de mi trabajo: crear personajes. Y ese proceso no se debería hacer deprisa y corriendo. 
 
También hay que saber improvisar para dedicarse a este oficio. Pero para poder improvisar, un intérprete debe tener una buena base y estar correctamente preparado. A mi entender, interpretación e improvisación se relacionan con bastante frecuencia. 
 
P. Te tenemos por un actor metódico al que le gusta adentrarte completamente en la personalidad de sus personajes. ¿Cómo te preparas los papeles? ¿A qué fuentes acudes para prepararte un papel? 
 
R. Soy un actor metódico porque no sé hacer otra cosa. Primero acudo a las fuentes del guion, luego a la información del director y después, si puedo y dispongo del tiempo suficiente, del estudio y análisis del personaje. Procuro saber todo sobre ese personaje. ¿Quién es? ¿Por qué actúa de una forma u otra en un determinado momento? ¿Qué hay detrás de él para hacer lo que está haciendo? A partir de ahí, hay otro proceso que es el de encajar el personaje dentro de tu propia personalidad. Todos estos procesos requieren de un tiempo. A mí me gusta trabajar mis personajes con bastante tiempo de antelación. Creo que es así como más a gusto se trabaja. Es posible que, por falta de tiempo, los intérpretes nos veamos obligados a omitir ciertos elementos. ¿Puedes aprenderte un texto hoy y mañana «soltarlo»? Sí. Pero os lo acabo de decir: mañana «soltarlo».
 
P. De todo lo relacionado con tu profesión, ¿qué es lo que más le aporta al actor? 
 
R. El guion. El guion es la madre de todo ese lío llamado película. Pasa lo mismo que con la literatura. Entras en un mundo totalmente de mentira. Normalmente es una ficción, a no ser que esté basada en hechos reales. Empiezas a soñar y tienes que vivir esa historia. Buscar la esencia de ese personaje. Si me contratan para interpretar a un abogado, me convierto en un experto abogado. Si me dan el papel de un pobre hombre analfabeto, soy un pobre hombre analfabeto. He vivido mundos totalmente diferentes, porque interpretar se trata de jugar. 
 
P. ¿Esa sería la versión romántica de la interpretación? 
 
R. No conozco otra versión. La podéis llamar romántica o como queráis. Seguramente haya muchas más versiones, pero os estoy hablando de la mía. Esto no tiene que ser ningún un dogma. Cada uno tiene su fórmula para interpretar. Yo tengo esta fórmula y no sé hacerlo de otra manera. O no me satisface hacerlo de otra manera. Disfrutar de la interpretación, disfrutar con el trabajo del director, disfrutar leyendo el guion, disfrutar de los ensayos, disfrutar de los compañeros, disfrutar del rodaje… Es un proceso muy largo. 
 
Creo que un actor para rodar una película se debería preparar, aproximadamente, durante seis meses. Si te dan un pequeño personaje, lógicamente, no te lo vas a preparar durante todo ese período de tiempo. Pero si tienes el personaje principal de la historia debes tener el tiempo necesario para poder hacerlo bien. 
 
P. A pesar de tus papeles dramáticos hay una parte del público que te asocia con la comedia. ¿Te consideras un comediante innato? 
 
R. Yo me considero un payaso. Soy un clown (se ríe a carcajada limpia). No os puedo decir más. 
 
P. Y eso cómo se consigue, ¿practicando o es natural porque lo llevas dentro? 
 
R. Creo que nací un poco payaso (se ríe). No sé exactamente si se nace o se hace. Aunque algunos nacen con ello. Se consigue manteniendo una excelente actitud. La interpretación forma parte de una habilidad y hay muchas cosas que se pueden aprender. 
 
Por supuesto que tienes que tener algo en tu interior que te haga actuar como si tuvieras una emoción o un impulso. Como el que tiene el impulso de pintar o el impulso de tocar un instrumento musical. También se consigue con mucho trabajo, dedicación, sacrificio y observación. Y más tarde, a medida que vayas acumulando experiencia, puedes ir perfeccionando tu forma de interpretar a base de aprender nuevas técnicas y habilidades.
Interpretación y realidad
P. Hay multitud de escuelas de interpretación para aprender la profesión de actor en todos los rincones de España. Pero ¿este oficio se puede realmente aprender? 
 
R. ¡Claro que se puede aprender! Pero es fundamental que valgas para esta profesión. Esto es como la historia del tipo que no paraba de repetir: «Yo amo la música, yo amo la música, yo amo la música…». Y el maestro le contesta: «Me parece muy bien, pero la música no te ama a ti». Hay que prepararse. Como si te quieres dedicar a la escritura. Tienes que leer mucho si quieres escribir e indagar sobre tu trabajo. Supongo que un escritor deberá investigar sobre el conocimiento de las palabras. Todo esto es fundamental y para ser actor es igual.Tienes que especializarte. Como el electricista que tiene que saber lo que es un cable. Y para eso hace falta experiencia. Cualquiera puede ser actor. ¿Por qué no va a ser actor? Eso sí, quizás para destacar tienes que tener algo especial. 
 
P. Muchos de los personajes que has interpretado a lo largo de tu carrera profesional se enfrentan a la soledad o a sus peores miedos. ¿Cuáles son tus miedos en la vida real? 
 
R. ¿Mis miedos? Yo no le tengo miedo a nada. Le tengo respeto a las cosas. Pero miedo, no. Suelo actuar muchas veces con prudencia. Y a algunos temas les tengo mucha cautela. 
 
P. ¿Crees que un personaje cinematográfico o televisivo representa lo que piensa la gente? 
 
R. Sí. El personaje real y la persona imaginaria siempre van unidas de la mano. Hoy he visto un documental sobre Paco Umbral, un magnífico escritor con el que disfrutaba mucho, que se titula Anatomía de un dandi. Os lo aconsejo. Escribía sobre él y hablando sobre él hablaba de la gente. 
 
Cuando estás hablando de ti en realidad estás hablando de la gente. Los actores no somos tan distintos a la gente: nosotros somos la gente. Con sus sufrimientos, sus problemas, sus alegrías, sus amores, sus aciertos, sus errores… 
 
Un personaje nace de la vida, de la realidad y de la mente de un escritor. Aunque, seguramente, se habrá basado en un hecho real. Hasta la propia fantasía nace de la realidad. 
 
Lo he dicho muchas veces en otras entrevistas: los actores somos instrumentos al servicio del director, pero también del guion y de la historia que se quiere contar. 
 
P. Después de tantos años de profesión y con tantas películas y series de televisión a tus espaldas, ¿te resulta muy complicado interpretar a un nuevo personaje? 
 
R. A pesar de llevar tanto tiempo en el mundo de la interpretación continúo manteniendo la ilusión por adentrarme en un nuevo personaje. Abrir un guión y empezar a leerlo me produce infinidad de sentimientos. Soy un actor bastante obsesivo. Cuando entro en un guion me resulta muy difícil salirme de él. Y empieza esa inquietante ansiedad por aprenderme mi parte. Creo que esa inquietud me viene porque antes mi trabajo lo disfrutaba de otra manera. Supongo que será por la rapidez con la que se rueda en la actualidad. Ahora me dicen: «Esto te lo tienes que aprender para dentro de un mes o de dos meses». Me acuerdo cuando José Luis Garci te daba los guiones. El guion de Ninette lo tuve durante siete, ocho o nueve meses antes de comenzar el rodaje. Aparte de hacer muchísimos ensayos con José Luis Garci. Los ensayos con José Luis son lecturas. 
 
Tenía una especie de rito. Entraba en casa con el guion y lo ponía en la mesa de mi despacho. Ahí se podía tirar, por lo menos, un mes sin abrir. Porque sabía que si lo abría y lo leía empezaba el caos. Lo disfrutaba de otra manera. Ahora lo disfruto igual, porque el hecho de tener un guion siempre es una maravilla. Pero siempre estoy con una ansiedad horrible por abrirlo, ya que pienso que esto dentro un mes tiene que estar listo. No lo puedo hacer con tanta tranquilidad, serenidad y disfrute como a mí me gustaría. Porque esto hay que disfrutarlo para que luego puedan disfrutarlo los demás. 
Reconocimientos
P. Debido a la intensidad que les imprimes a tus interpretaciones, ¿te resulta difícil desconectar de ese mundo después de los rodajes? 
 
P. En principio, no. He hecho muchos personajes importantes a lo largo de mi vida, pero el único que me traumatizó un poco fue el que interpreté en El secuestro de Anabel Segura (La huella de un crimen), de Pedro Costa. Era una historia basada en hechos reales donde interpretaba al asesino de la niña Anabel Segura. Y me costó mucho trabajo hacerlo. Tanto Luisa Martín, que hacía de mi mujer, como yo lo pasamos muy mal durante el rodaje de este telefilme. El proceso fue muy complicado al tratarse de una historia tan dura. Me resultó muy difícil interpretar a ese tipo que aparentemente es normal. Aparte me rompí el maleolo durante la primera semana de rodaje. Además, era el protagonista de la historia y todo giraba en torno a mí. Fue un papel traumático. 
 
P. ¿Cómo te sientes con la etiqueta de actor secundario? 
 
R. Es que soy un actor secundario. Me siento muy cómodo con este rol. No soy un protagonista natural. Aunque un actor secundario puede hacer un papel protagonista, que los he hecho, o un papel secundario muy importante en el desarrollo de la trama. Fui protagonista en Los Mánagers, en El secuestro de Anabel Segura, en Ninette. También puedo hacer una colaboración especial, que es algo más pequeño. Lo bueno de ser un actor secundario es que puedes hacer todo tipo de papeles. Un actor tiene que saber lo que puede hacer y lo que no puede hacer. Alfredo Landa, por poneros un ejemplo, no era un Adonis, pero llegó a ser un secundario que se convirtió en protagonista. Y se quedó como protagonista absoluto durante el resto de su gran carrera profesional. 
 
P. ¿Por qué crees que siempre te llaman para papeles secundarios o de reparto? Aunque al final sueles ser uno de los actores del reparto que más destacan. 
 
R. Porque soy un actor de soporte. Es decir, tengo que «soportar» a las estrellas (se ríe). Supporting actor. Y no lo digo yo, lo dicen los americanos. Yo solo lo he traducido al español (se vuelve a reír). 
 
P. ¿Qué diferencias hay entre un actor protagonista y un actor secundario?
 
R. La única diferencia es el nivel de compromiso, porque el trabajo es el mismo y tiene un inconveniente añadido: hemos de crear nuestro personaje en menos secuencias que un protagonista. Además, la mayoría de los ensayos los hacemos solos en nuestras casas (con esto no digo que los protagonistas no lo hagan también). Bueno, todo eso, y que te pagan bastante menos que a ellos (se ríe). 
 
P. ¿Te gustaría que se te recordara como un actor secundario? 
 
R. No me importaría. Aunque eso es un tema de ego. ¡Claro que quiero que me recuerden! ¡Y pasar a la gloria! ¡Y pasar a la historia y todo eso! (se ríe a carcajadas). ¿A quién no le gusta un dulce? Pero eso no va a llenar mi alma. Solo va a servir para llenar mi ego. Quedaré en la mente de quien me quiera y de la gente que haya disfrutado con mis interpretaciones, cuando ya no esté y me sigan viendo en algunas de mis películas. Porque he tenido la suerte de trabajar con muchos de los mejores directores que tenemos en este país. 
 
P. De la enorme cantidad de personajes que has interpretado, ¿te quedas con alguno en especial? 
 
R. Los recuerdo a todos con el mismo cariño, porque son parte fundamental de esta lucha por estar al pie del cañón. Pero si me tuviera que quedar solo con uno elegiría a Monsieur Armand, de Ninette. Gracias a este papel fui candidato al Premio Goya al mejor actor de reparto y recibí una nominación al galardón que concede la Unión de Actores y Actrices en la misma categoría. José Luis Garci me hizo un regalo maravilloso ofreciéndome un papel que el gran Alfredo Landa ya había hecho magistralmente en teatro, cine y televisión. 
 
También le tengo mucho cariño al último papel que hice con José Luis Garci: el Chispas de Sangre de Mayo. Es un papel secundario, pero de los que te dejan desarrollar al personaje. Estaba muy bien escrito. Garci, además de ser uno de los mejores directores de cine de la historia del cine español, es un escritor fabuloso. 
 
Siempre disfruto mucho trabajando con Garci. No entiendo esa manía al cine que hace por parte de algunos sectores cuando es un director que ha demostrado hacer grandes películas. El crack, Solos en la Madrugada, Asignatura pendiente, You’re the One (una historia de entonces) o El abuelo, por citar solo algunas de sus películas, corroboran la calidad de su obra. Será por envidia, desconocimiento o porque no les gusta el tipo de cine que hace. No lo sé. 
 
Y siento un afecto inmenso por Domínguez, ese personaje tan surrealista que hice en La comunidad, de Álex de la Iglesia.
«Cuando quiera señor Villén, estamos listos para rodar»
P. ¿Cómo conociste a José Luis Garci? 
 
R. José Luis Garci me llamó para decirme que quería que trabajara en Tiovivo c. 1950. Nunca pensé que era un actor para Garci ni que me llamaría para que hiciéramos una película juntos. Me sorprendió mucho que me llamara y acepté encantado. Con José Luis descubrí una forma diferente de hacer cine. Todo era muy distinto a lo que había hecho con anterioridad. La experiencia fue tan satisfactoria que después volví a rodar cuatro películas más con él. Garci es un tipo que ama todo esto y disfruta enormemente trabajando en el cine. Y sobre todo, es una parte muy importante de la historia de nuestra cinematografía. 
 
P. Has trabajado con muchos de los mejores directores españoles de las últimas décadas. ¿Con cuáles te has sentido más a gusto? 
 
R. Álex de la Iglesia, José Luis Garci, Pedro Costa, Fernando León de Aranoa, Gracia Querejeta, Santiago Segura, Pedro Barbero, Óscar Aibar, Paco Arango, Miguel Bardem, Bigas Luna, Antonio del Real, Vicente Aranda, Javier Fesser… Y todos los que se me olvidan en este momento. 
 
P. ¿Qué relación guardas con todos estos grandes cineastas? 
 
R. Tengo una excelente relación con todos los directores con los que he trabajado. Dejando a un lado mi valía profesional, yo no existiría como actor si no fuera por ellos. 
 
P. Cuéntanos alguna anécdota que recuerdes con especial cariño. 
 
R. Me acuerdo de una anécdota muy divertida con Fernando León de Aranoa. Un buen día me llama a mi casa para decirme que estaba preparando su segunda película (no había visto Familia, su primer filme). La cinta se titulaba Barrio, Elías Querejeta (el Productor con mayúscula), era el encargado de la producción y había un personaje que le gustaría que yo interpretara. «Me gustaría que leyeras el guion a ver si te gusta y te apetece hacerlo», me dijo Fernando. Y yo le contesté: «Mira Fernando, te voy ser sincero. Me guste o no me guste, lo voy a hacer. En estos momentos no estoy para elegir. Cuenta conmigo». Fernando me volvió a insistir en que leyera el guion antes de aceptar el papel: «Me gustaría que leyeras el guion y que me des tu impresión. Vamos a quedar y lo vamos viendo». Quedamos en un brasileño. Me dio el guion después después de una suculenta comida y me leí el 75 % en el metro. Cuando llegué a mi casa lo llamé corriendo: «Me parece un guion acojonante. Cuenta conmigo, Fernando». Después rodamos otras dos películas juntos: Los lunes al sol y Princesas
 
P. ¿Qué valores y competencias hay que tener para dedicarse a la interpretación? 
 
R. ¿Hay que tener valores para ser un actor? (se ríe). Cualquiera puede ser un actor. Hasta un asesino. No creo que haya que tener valores. Lo que hay que tener son cualidades. 
 
P. Entonces, ¿qué cualidades tiene que tener un actor? 
 
R. Ser siempre un niño. Querer aprender constantemente. Tener ilusión por todo lo que se hace. Ser empático, aunque algunas veces hay que ser antipático (se ríe). Y ser un exhibicionista, pero solo en los momentos en los que estás delante de la cámara. Crear un personaje está muy bien, aunque prefiero ser yo mismo. ¿Podía haber creado un personaje y haber llamado mucho más la atención? Sí. Pero no es lo mío. Lo mío es que me maquillen y me pongan el disfraz en la producción que vaya a realizar. No quiero ir por la vida maquillado. 
 
P. ¿Qué estás haciendo en estos momentos, Enrique?
 
R. Un taller de interpretación online para principiantes. La idea se me ocurrió para pasar el tiempo en la etapa en la que nos tuvieron encerrados en casa. Para mí era un reto realizar este taller. Mi mujer no paraba de decirme: «Hazlo, hazlo». Y yo le contestaba: «Es que no soy maestro de nadie». La experiencia es muy positiva, porque tengo varios alumnos y lo pasamos muy bien. Se trata de un taller de doce horas, de un mes de duración, de tres horas a la semana, de tú a tú. 
 
Como he dicho este taller es para gente que se inicia en el mundo de la interpretación. A mí nunca se me ocurriría darle clases a un actor consagrado o a una persona que haya hecho el curso en la RESAD. Inicié el curso durante el confinamiento y lo he vuelto a sacar otra vez con unos cuantos alumnos. La verdad es que lo paso muy bien con ellos. 
 
Ahora estamos haciendo una cosa bastante divertida: les estoy enseñando a narrar un cuento de Edgar Allan Poe, La muerte roja, de forma interpretativa. Les hablo de la voz, de la expresión corporal, les enseño a respirar a través de unos monólogos, les aconsejo que compren ciertos libros para que se empapen de los distintos métodos interpretativos que existen… También les hablo sobre mis experiencias profesionales y mi forma de trabajar. Les enseño a mostrar sus sentimientos, a analizar textos, a que lo que digan suene a verdad… Estoy muy contento y orgulloso de este trabajo. 
 
P. ¿Nos puedes adelantar algunos de tus próximos proyectos? 
 
R. Tengo muchos proyectos y muy buenos proyectos, pero somos un país que arriesga muy poco y prefiere comprar lo de fuera. Hay infinidad de gente joven con muchísimo valor y talento, y se debería apostar por ellos. Son un extraordinario grupo de nuevos cineastas que son muy creativos y tienen grandes ideas. Pero no las pueden desarrollar. 
 
Este año solo he trabajado tres días. La vida del actor es así. Y no me quejo porque como yo están el noventa y tantos por ciento de mis compañeros. Como veis no soy el único. He rodado Donde viajan dos, de Curro Velázquez, con Jesús Vidal y con el Langui. Estoy encantado de haber participado en un programa de ese estilo. Un programa de Televisión Española que lo echaban los viernes por la noche. Ahora lo puedes ver en RTVE a la carta. Intentamos darle visión a la discapacidad. Y he disfrutado mucho haciendo del ministro de Inclusión (se ríe). 
 
Dentro de muy poco van a emitir en Antena 3 El nudo. La serie que rodé el año pasado y que ahora mismo se puede ver en Atresmedia Player. El año pasado tuve que rechazar tres papeles porque coincidían en las fechas. La vida del actor es una espera constante. Eso lo dijo el inolvidable Fernando Fernán Gómez y es verdad. Siempre estás esperando en plató, en el camerino, a que suene el teléfono… Aunque es algo que está dentro de lo normal, a veces, cuando no nos llaman pensamos que es porque ya no nos quieren (se ríe). Cuando no me llaman digo: «¡Ya se han olvidado de mí!» (se ríe). Pero no soy el único, eso le pasa siempre a todos los actores. 
 
P. ¿Nos puedes adelantar algo sobre el libro de memorias que estás escribiendo? 
 
R. Que estoy viviendo todavía para poder escribirlo (se ríe). Lo publicaré cuando me jubile (espero que dentro de muchos años). Lo único que os puedo decir es que el título provisional es Cómo ser secundario y no morir en el intento. Aunque a lo mejor acabo escribiendo dos libros de memorias en vez de uno solo. Tengo tantas cosas que contar… 
 
En estos momentos, también estoy intentando poner en marcha una película que se titula 47 minutos. A ver si todo sale bien y empezamos a rodar en breve. 
 
P. ¿Nos puedes decir algo más sobre esta película? 
 
R. Solo os puedo decir que se trata de una película de terror psicológico. Y nada más (se ríe). Hasta aquí puedo leer (se vuelve a reír). 
 
P. ¿Les puedes enviar un mensaje de agradecimiento a tus seguidores? 
 
R. ¡Muchas gracias por leer la entrevista y que os vaya muy bien! 

El actor de reparto, de soporte o secundario, en su faceta interpretativa, tiene tanta importancia (a veces más) que el actor o actores principales. Ya que el primero debe interpretar su papel y al mismo tiempo secundar al actor o actores principales. Esto nos ha demostrado nuestro querido Enrique en esta entretenida entrevista, donde lo humano y lo profesional de este actor han convergido en la persona que es. ¡¡Gracias Enrique y esperamos verte pronto en tus proyectos!!

¡Muchas gracias, también, a Álvaro Luis Calles por las imágenes que nos ha facilitado!

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¿Qué te ha parecido la entrevista? Puedes compartir y comentar   ¡¡Muchas gracias!!

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