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Fernando Sánchez Dragó: «El territorio más fértil para la literatura es el silencio y no hay más premio que el de los lectores»

Entrevista a Fernando Sánchez Dragó Parte I

El mítico escritor madrileño acaba de publicar el segundo volumen de sus memorias «Galgo corredor. Los años guerreros (1953-1964)». En pleno confinamiento, se ha dejado seducir por las redes sociales y ha sucumbido a la idea de crear un semanario digital («La Retaguardia»)

Hubo un tiempo no muy lejano en el que la literatura solía ser un modo de vida para algunos escritores. Adalides de las letras que lograban llevar sus historias a cientos, miles e incluso millones de lectores, en una época en la que la lectura se puso de moda y muchas mesitas de noche ostentaban una pila de libros bastante apreciable. Nunca se había leído tanto ni tampoco habían existido tantos lectores deseosos de adentrarse, perderse y encontrarse en las fascinantes páginas de un libro. 

Hoy en día, en una época en la que leer se está convirtiendo en una actividad muy poco habitual, quien consigue vivir de la escritura (el sueño de algunos románticos que han descubierto su vocación por los libros), debe considerarse como un privilegiado o una especie en peligro de extinción. Aunque, en realidad, no han sido tantos los virtuosos de la pluma que han hecho de su vocación una forma de ganarse habitualmente su sustento. Dentro de ese puñado de privilegiados que respiran de la escritura se encuentra Fernando Sánchez Dragó

Brillante y polémico a partes iguales, Fernando cuenta con una bibliografía de excepcional calidad literaria e incuestionable significación cultural. Su prosa envolvente e hipnótica, sus inquietantes contenidos y la profundidad de sus pensamientos, nos permiten comprender perfectamente su posición intelectual y ampliar nuestro vocabulario. Utilizando siempre la autobiografía como hilo conductor, este brillante autor nos conduce en sus obras a un periplo y aprendizaje a todo lo que él ha vivido, hasta descubrir su exquisito gusto por la literatura.

Fernando es una de las dedidades más poderosas de nuestras letras, un pistolero sin pistolas que, aunque no se subió a esa diligencia que atravesaba territorio indio con destino a Lordsburg, ha vivido mil y una aventuras por todos los rincones del mundo, sobre todo en la Tierra del Sol Naciente, que le han permitido llegar al pico más alto del conocimiento, la destreza y la veteranía.

Con la verdad siempre por delante, sin cautela ni limitaciones de ningún tipo, con franqueza y honestidad, con la conciencia bien tranquila, a todos los aficionados a la lectura nos gustaría ponernos en la piel de Fernando, un personaje formidable, ponderado, culto y, sobre todo, literario que se ha creado a sí mismo a través de mil viajes y hazañas e incluso de mil ilusiones y desengaños amorosos.

Acaba de publicar el segundo volumen de sus memorias Galgo corredor. Los años guerreros (1953-1964) y no está dispuesto a sucumbir a una vida de comodidad ni tampoco a renunciar a los placeres que todavía le ofrece la vida. 

En medio del desconcierto originado por la pandemia, Fernando, dando muestras una vez más de valentía, decidió ponerse el mundo por montera y abrirse una cuenta en Twitter, a pesar de su animadversión inicial por las redes sociales. Este fue su primer e ingenioso tuit: «¿Sorprendidos? ¿Dragó en una red social? Pues sí. Me como lo dicho. Los acontecimientos me obligan a ello. En el próximo mensaje explicaré por qué».

Quien desee saber lo que escribe en esta red social, puede seguirlo en @F_Sanchez_Drago

Además, en pleno confinamiento, ha fundado un semanario llamado La Retaguardia, donde se lanza al «fragor de la batalla en soporte virtual», ya que es «en la retaguardia donde se ganan las guerras».

Hablamos con Fernando, a través del teléfono, mientras estaba tumbado en el ragazo de su novia «huyendo del virus».

Hemos dividido la entrevista en varias partes debido a su larga extensión. Y es que hablar durante casi dos horas con uno de los mejores escritores españoles de la historia da para mucho y más.

El incombustible Fernando
P. Sabemos que no te gustan los elegios, pero todos los integrantes de nuestra agencia queremos transmitirte nuestra más profunda admiración. 
 
R. No os preocupéis, lo resistiré. 
 
P. ¿Crees qué estás lo suficientemente reconocido en España como escritor? 
 

R. Creo que estoy excesivamente reconocido. Tengo dos veces el Premio Nacional de Literatura. He sido finalista y ganador del Premio Planeta de Novela. He ganado el Premio Fernando Lara. Tengo el premio Ondas de radio, aunque eso no pertenece estrictamente a los dominios de la literatura, tengo el premio Espiritualidad Martínez Roca… 

 
A mí lo que siempre me ha extrañado es que un escritor de temas un poco raros e inusuales como lo soy yo haya alcanzado tal índice de reconocimiento. Y esto no os lo digo sardónicamente. 
 
Por lo pronto no me gusta ser reconocido. A mí lo que me gustaría es ser ignorado. Ese sería mi sueño. Creo que en estos momentos seguramente sea uno de la media docena de escritores más conocidos de España y no os lo digo por presumir de ello. Os lo digo con cierta consternación.
 
P. ¿Por qué no has ganado todavía el Premio Cervantes? 
 
R. El Premio Cervantes es un premio político y no se lo van a conceder a una persona políticamente incorrecta como soy yo. Puestos a volar un poco más alto pasa lo mismo con el premio Nobel. El Premio Cervantes es como el Premio Nobel. Estos tipos de premios son institucionales y jamás se los darán a personas que sean política e ideológicamente conflictivas. Esos autores nunca serán reconocidos con estos galardones. 
 
En el caso del Premio Nobel, si tus libros no están traducidos al sueco no tienes la más mínima posibilidad de conseguirlo. El premio Nobel es un premio que dan por capricho unos cuantos académicos de Estocolmo que están todos borrachos como cubas y que son unos vejestorios. El Premio Nobel es un paripé mediático. El Premio Nobel no tiene ningún prestigio. Además, el Premio Nobel, excepto en algunos casos como el de Mario Vargas Llosa, que es uno de los pocos escritores que ha seguido escribiendo libros interesantes después de recibirlo, en los medios literarios tiene fama de ser como una tumba para el que lo recibe. 
La paradoja literaria
P. ¿Crees que Cela escribió alguna novela interesante después de conseguir el Premio Nobel? 
 
R. Quizás tampoco lo son las que escribió antes del Nobel. 
 
P. ¿No te parecen interesantes La colmena y La familia de Pascual Duarte
 
R. La colmena es un plagio de Manhattan Transfer de John Dos Passos. La Colmena es lo mismo, pero en vez de transcurrir en Nueva York, como la obra original, transcurre en el Madrid cutre, en el Madrid provinciano, en el Madrid de la posguerra. Es una obra muy mediocre.
 
P. ¿A quién prefieres a Cela o a Delibes? 
 
R. A Delibes. ¡Dónde va a parar! Delibes es un gran escritor y Cela es un escritor de ocurrencias como Umbral, por ejemplo. Los escritores de ocurrencias pueden resultar entretenidos, ingeniosos o incluso chistosos, pero nunca son grandes escritores. La literatura no se hace con ocurrencias. No son grandes escritores. 
 
P. ¿A qué escritores les hubieras dado el Premio Nobel?
 
R. Yo a nadie. Si de mí dependiera suprimiría el Premio Nobel y todos los demás premios porque creo que no sirven para nada. Bueno… Sirven para que el que lo gane reciba algo dinero y su vida, a partir de ese momento, sea a lo mejor un poco más fácil. Pero es algo que no tiene nada que ver con la literatura. El territorio más fértil para la literatura es el silencio. Entonces, si de mí dependiera desaparecerían todos los premios. No hay más premio que el de los lectores. 
 
P. Aunque ya has escrito dos libros autobiográficos (Esos días azules: Memorias de un niño raro Galgo corredor: Los años guerreros (de 1953 a 1964) en los que hablas sobre tus inicios en el mundo de la literatura, ¿nos podrías decir exactamente cuándo decidiste ser escritor o cuándo llegaste al mundo de la literatura? 
 
R. Yo no soy un escritor profesional. Podéis decir, si queréis, que soy un periodista profesional o que he sido a lo largo de mi vida un profesor, valga la paradoja, profesional. Yo soy un escritor de la única manera que se puede ser escritor: soy un escritor vocacional. Y la vocación es algo con lo que se nace. Hay algún caso en el que no es así, pero son muy raros. Normalmente, llegas al mundo con ella. Soy escritor desde que me acuerdo y siempre he sido escritor. 
 
De hecho ese primer volumen de mis memorias al que hacéis referencia arranca con el que es mi primer recuerdo de cuándo quise ser escritor, que se remonta más o menos a cuando tenía entre 3 y 4 años. Es el de una señora que estaba de visita en mi casa y me preguntó qué iba a ser de mayor. Con esa corta edad ya era muy lector (aprendí a leer a los tres años) y le dije: «Yo voy a ser escritor». Y todo lo que he hecho en la vida ha sido dirigido a eso y lo sigue siendo. 
 
Preguntarme cómo he llegado a la literatura es como preguntarme cómo he nacido. Para mí la literatura es la vida. Para mí la única realidad que existe es la realidad literaria. Todo lo demás no tiene mucha importancia.
El escritor nace y/o se hace
P. Hasta este momento, ¿cómo definirías tu carrera profesional? 
 
R. En estos momentos, desde luego, soy un hombre sin profesión, porque me dedico exclusivamente a escribir. Y es que sigo rubricando columnas de prensa por aquí y por allá, interviniendo en programas de radio… Cosas así. Pero todo eso no lo he hecho nunca con mucha convicción. Yo he utilizado el periodismo porque servía a mis intereses literarios. También para pagar una deuda familiar, porque soy hijo, nieto y bisnieto de periodistas. Y además de un periodista como era mi padre cuya vida quedó truncada al comienzo de la Guerra Civil y en cierto modo, al principio sin darme cuenta y después dándome cuenta, me he convertido en abanderado, en portaestandarte de ese linaje familiar que fue el de mi familia paterna, que lo era de periodistas. 
 
Ser profesor de universidad, y lo he sido en muchas universidades y en muchos sitios. Ser periodista de prensa, de radio, de televisión… He hecho de todo en el periodismo, dentro y fuera de España. Sin embargo todo eso, como el resto de mi existencia, como mis amores y amistades, ha ido siempre encaminado a acumular cosas que luego pudiera plasmar en mis libros. Así que profesionalmente no me interesan las profesiones. Me interesa la vocación. Nada más que la vocación. Todo lo demás es anecdótico. Solo la vocación es categórica. 
 
P. ¿Por qué consideras que la escritura no es una profesión? 
 
Escribir nunca me ha parecido una profesión. Aunque en muchos casos sí lo es. Pero esa es la diferencia que va entre un plumilla y un escritor. Efectivamente, hay muy poca gente con vocación literaria. Tú hablas ahora con los chicos o no tan chicos que llegan a la literatura y te das cuenta de que no tienen vocación de escribir. Se creen que siendo escritores van a tener prestigio, van a ganar dinero, van a ligar con muchas chicas o con muchos chicos, van a aparecer en la tele, van a llevar una existencia glamurosa… Todo eso no es verdad, aunque en algunos casos, muy contados, pueda serlo. Son gente que acude a la literatura buscando otras cosas que no son la pura literatura. 
 
Yo siempre suelo decir, quizás me lo hayáis escuchado alguna vez, que para saber si eres escritor tienes que preguntarte dos cosas fundamentalmente. Primera (esto fue Faulkner quien lo planteó): Una vez se le acercó a Faulkner un chico joven, en una conferencia o en un acto de ese tipo, y le dijo que quería ser escritor, pero que no estaba seguro de poder serlo y todas estas cosas. Entonces Faulkner le dijo: «¿Eres capaz de vender a tu madre en letras de molde?». Y el chico le contestó que «no». Efectivamente, si no eres capaz de vender a tu madre (lo de vender a tu madre es una metáfora), si no eres capaz de contar absolutamente cualquier cosa que a tu juicio requiera ser contada por su interés en letras de molde, entonces no eres un escritor. Eres una persona que entiendes la literatura como profesión y no como vocación. Segunda cuestión, que es la que yo suelo aportar, digamos a ese debate: lo que le pregunto a ese chico que se me acerca, y es una cosa que me ocurre con bastante frecuencia al término de algún acto público, de alguna charla, de alguna conferencia o simplemente por la calle, para plantearme el mismo asunto: «Si estuvieras en una isla desierta y no tuvieras ni siquiera una botella para meter tu manuscrito, ¿escribirías?». Normalmente, la persona que me escucha decir esto se queda muy sorprendida y me contesta que «no». Entonces tú no eres escritor, porque un escritor escribe como respira, ya que si no escribe se ahoga. Tú lo que quieres es publicar libros, tener éxito… Pero no eres escritor. Más te vale que te dediques a otra cosa. Que dirijas la proa de tu barco hacia otras latitudes. 
 
P. O que se dedique a otra profesión. 
 
R. ¡Ah! Ya te has equivocado (se ríe). Ya has dicho profesión y no vocación. 
 
P. Vocación, Fernando (el entrevistador se ríe). O que tenga otra vocación (nos reímos todos). 
 
R. Eso (se ríe). 
P. Si tenías tan clara tu vocación como escritor, ¿qué te llevó a estudiar la licenciatura en Filología Románica? 
 
R. Yo era un chico de buena familia. Yo era un chico del barrio de Salamanca y, la verdad, era un estudiante muy brillante, tanto en el cole como en la universidad. Algo tenía que hacer al cumplir 17 años y hacerme con el título de bachiller. Lo normal era acabar en la universidad, algo que muchas veces he lamentado. Porque yo hubiera preferido hacer entonces lo que hice después: largarme por el mundo, mezclarme estrechamente por la vida, correr aventuras meterme en líos… 
 
A los 17 años, al niño de buena familia del barrio de Salamanca de Madrid le parecía normal ir a la universidad. Aunque siempre he dicho que a mí lo que me hubiera gustado hacer era irme con Hemingway al Kilimanjaro. Pero en aquella época no podía hacer eso. Yo no era Hemingway. No había nacido en Estados Unidos. No tenía dinero para hacer eso. Entonces me matriculé en la facultad más cercana posible a lo que era mi vocación: la Facultad de Filosofía y Letras.
 
También me he ido dando cuenta, poco a poco, de que tenía otras vocaciones, y que podía haber alimentado, que no hubieran entorpecido mi vocación de escritor. Me hubiera gustado mucho ser zoólogo. Estuve incluso a punto de matricularme no en Letras sino en Ciencias Naturales. Me hubiese gustado ser arqueólogo. Me hubiera gustado ser militar. Me hubiera gustado ser cura. 
 
P. ¿Cura? 
 
R. Sí. Me hubiera gustado muchísimo ser cura. De esa manera no me hubiera metido en los 1000 líos en los que me he metido, principalmente con mujeres, a lo largo de la vida y hubiese podido dedicarle mucha más atención a la literatura. Aunque las mujeres me han distraído mucho, también me han aportado innumerables vivencias literarias. 
 
Yo soy una persona de vocación y esto sí que es una vocación extremadamente solitaria. A mí nunca me ha gustado llevar una vida social. Me hubiera gustado vivir en clausura, ser un cura, un monje… 
 
P. Un ermitaño. 
 
R. Efectivamente, un ermitaño. Es algo que coincide bastante con mi forma de ser y con mi carácter. Por otra parte, también me hubiera gustado muchísimo haber estudiado lenguas clásicas. Estudiar latín y griego. Aprender latín y griego a fondo, aunque lo estudié bastante en la universidad. 
 
P. También estudiaste italiano. 
 
R. Pero eso fue una segunda especialidad. Hice una segunda especialidad porque terminé la primera. Y a mí una sola carrera me venía ancha. De hecho, estudié leyes durante un año y medio y lo dejé porque me aburría. Luego estudié también realización cinematográfica en el legendario Instituto de Experiencias Cinematográficas de Madrid, que precedió a lo que luego sería la Escuela de Cine. 
La primera novela de la historia de la humanidad es «El Quijote»

P. ¿Quiénes son tus autores favoritos o los que más te han influido a la hora de escribir? 

R. Vamos a ver. Ese es un tipo de preguntas que siempre me hacen y siempre me suelo negar a responder. Y me niego a responderlas, porque soy una persona que se ha leído, aproximadamente, unos 35 000 libros. Eso no es ninguna farolada. Eso es verdad. Cuando te has leído unos 35 000 libros es evidente que muchos de los autores que has frecuentado ya se te hayan olvidado y los hayas sustituido por otros nuevos. ¿Qué os quiero decir con todo esto? Pues que los gustos literarios, las afinidades literarias, van variando a lo largo de la vida. Si yo os respondo a esa pregunta os estaré respondiendo, seguramente, a cosas muy distintas a las que he dicho hace 10, 20, 30 o 40 años. Y dentro de 10, 20, 30 o 40 años os responderé otras cosas distintas. Aunque no os las diré porque me habré muerto. Por ese motivo no tengo autores favoritos. 

A mí me han gustado muchísimos escritores y me siguen gustando. Cada uno de esos escritores ha ido encajando mejor en unos u otros momentos de mi existencia. Por supuesto os puedo decir, porque esto es genérico, que a mí quiénes me gustan fundamentalmente son los escritores clásicos. El servicio de novedades o lo que se llama el servicio de novedades en literatura me interesa muy poquito. 

P. ¿Qué es un clásico de la literatura para ti? 

R. Un clásico es, por lo pronto, un libro que 100 años después de haber sido escrito se sigue leyendo. Al mismo tiempo, un clásico es un libro que cada vez que lo lees lo interpretas, sientes y vives de manera diferente. Es decir, que no eres tú en realidad quien lee el clásico, sino que es el clásico quien te lee ti. Pero si tengo que deciros ahora mismo cuáles han sido los mejores libros que he leído os diría La Eneida de Virgilio. Os diría La Ilíada y La Odisea de Homero. Os diría que las obras de Shakespeare. Os diría que la Divina comedia de Dante. Todo eso no es ser muy original, pero esos son algunos de mis libros favoritos

P. ¿Y en lengua española? 

R. ¿Autores en lengua española? Es que me los he leído a todos. Me gusta toda la historia de la literatura. Todos los escritores somos hijos de una tradición literaria. Todos nos estamos bañando continuamente en esa tradición literaria. Especialmente, por tradición, en el ámbito de tu propia lengua. 

Desde el Cantar del mio Cid, por remontarme a los orígenes de la historia de la literatura española, hasta nuestros días, son muchísimos los escritores que me gustan. Fundamentalmente, en el caso de la literatura española, me gustan los poetas, porque el género poético en España ha dado extraordinarios frutos ya desde el Romancero, ya desde Jorge Manrique, ya desde Garcilaso de la Vega… Y no digamos ya con Lope de Vega, con Góngora, con Quevedo… Pero también hasta nuestros días. También con Lorca. También con Antonio Machado. También con Claudio Rodríguez. También con tantos otros. 

Y el ensayo. Al hablar del ensayo estamos hablando de la literatura mística. Estamos hablando de Miguel de Molinos, de san Juan de la Cruz, de santa Teresa de Ávila o de las Crónicas de Indias, por ejemplo, que siempre me han interesado extraordinariamente. En cambio, el género literario más de moda en estos momentos, la novela, me ha interesado menos, tanto si me refiero a la literatura española como a la literatura extranjera. En cualquier caso, el género narrativo nunca ha brillado con demasiada claridad en España. Aunque por supuesto hay excepciones. No muchas. No hay grandes novelistas españoles. Hay muy pocos. Pero también es verdad que la primera gran novela que hay en la historia de la humanidad es sin duda alguna El Quijote.

P. La que está considerada como la primera novela moderna de la historia de la literatura.

R. Sí. Lo que hoy en día entendemos como novela empieza con El Quijote. Hubo algunos conatos al mismo tiempo. En los mismos años en los que existía El Quijote se escribía la novela picaresca, por hablar de literatura española. Pero lo que hoy entendemos por novela, realmente, es algo que, con excepción de El Quijote y algunas otras, nace con la literatura romántica. Porque la novela es un género literario de segundo orden, que aparece para entretener a las amas de casa que se aburrían porque estaban confinadas. 

Hoy en día son fundamentalmente lectoras las que leen novelas y no lectores. A los hombres, en líneas generales, nunca nos ha interesado mucho la novela. Creo que quien a los 40 años sigue leyendo novelas está dando muestras de un notable infantilismo. Por supuesto que hay excepciones. Pero yo casi nunca leo novelas. A mí las novelas, en la mayor parte de los casos, me aburren.

El origen: la literatura de aventuras

P. ¿Prefieres el relato corto a la novela? 

R. No. ¡Qué va! Yo no tengo el don de la brevedad. De hecho a lo largo de mi vida no he escrito más allá de seis o siete relatos breves. No tengo el don de la brevedad. De hecho, la mayor parte de mis libros son libros muy extensos. Casi todos son de unas 500 páginas. El relato breve nunca me ha interesado mucho. Me ha interesado más como lector que como cultivador del mismo.

A mí fundamentalmente lo que me ha interesado es la literatura egográfica en sus distintas modalidades. Pueden ser memorias, pueden ser autobiografías, pueden ser reportajes, pueden ser epistolarios, pueden ser diarios… Todo lo que sea inventar personajes me parece algo completamente inútil ¿Para qué vas a inventar un personaje si tiene mucha más realidad, mucha más fuerza, mucha más veracidad, tu propio yo? La literatura del yo. En este segundo volumen de mis memorias que acaba de salir (Galgo corredor) lo encabezo con una especie de ensayo de unas 10 páginas en las cuales hablo de la literatura egográfica, que en estos momentos está tan de moda. La mayor parte de los buenos libros que se publican tienen esas características egográficas. Pero no ha sido así a lo largo de la historia de la literatura. La primera manifestación de literatura egográfica que existe son las Confesiones de San Agustín, que son del siglo VI después de Cristo. Y prácticamente durante más de 1000 años no vuelve a haber literatura egográfica. No vuelve a haber literatura escrita en primera persona hasta que llega Cardano y, sobre todo, hasta que llega el gran maestro de la literatura egográfica que es Montaigne, que es uno de mis grandes maestros. Me preguntabais antes por los escritores que más me habían influido y uno de ellos es Montaigne. Y a partir de ahí, poco a poco, la literatura egográfica va abriéndose camino. 

En mi caso, prácticamente el 80 % de lo que he escrito, incluso en periodismo, es autobiográfico. Eso tiene una explicación lógica que tiene que ver con eso que os dije antes de que yo a los tres años decido que voy a ser escritor y de ahí que pretenda por mi parte imitar a los lectores que están marcando mi infancia. Si yo os contestara a la pregunta que me hicisteis antes de cuáles son mis escritores favoritos, aparte de los que ya os he dicho, me iría directamente a la infancia. Mis escritores favoritos son Las aventuras de Guillermo. Ya no sé si vosotros sabéis quién es Guillermo, porque ya no lo sabe casi nadie. Aquel héroe de literatura infantil que se enamora de su maestra, la señorita Drew. También os diría Sinué, el egipcio

P. Hace mucho tiempo leímos en otra entrevista que Sinuhé, el egipcio era tu novela favorita. 

R. Cuando dije eso citaba a Terenci Moix. Terenci Moix decía con gran irritación de los mandarines de la literatura, de los críticos, en fin de toda esta gente, que la mejor novela del siglo XX era Sinuhé, el egipcio. 

Y yo le daba la razón. Decir la mejor, mejor, es decir una de las mejores. Si venís a mi casa de Soria, desde la cual os hablo, veréis que tengo, como mucha gente, un montón de libros en la mesilla de noche y un atril detrás de la mesa en la que escribo. En los libros que tengo en la mesilla de noche está, fundamentalmente, mi literatura infantil, la literatura que leí en mi infancia: Kipling, El maravilloso viaje de Nils Holgersson, los libros de Guillermo… Y luego en el atril tengo determinados libros sagrados. Es una especie de atril litúrgico, casi eclesiástico, que se han convertido en sagrados por lo que significaron para mí en su momento por las circunstancias que rodearon a su lectura y ahí, entre ellos, está Sinué, el egipcio, por ejemplo. 

P. También comenzarías leyendo a Julio Verne, a Mark Twain… 

¡Por supuesto! A Julio Verne y a todos aquellos. Esas son mis sagradas escrituras. Mark Twain me lo he leído de arriba abajo. Es que entonces los niños leíamos. Ahora ya no leen. Mi hijo mayor tampoco se ha leído un libro en su vida y por supuesto ninguno de los míos. De todas maneras, la literatura es una vocación. La lectura es una vocación no es una cosa obligatoria. No hay que obligar a la gente a leer. Hay gente que tiene afición a leer, que le gusta la lectura, como hay gente que tiene afición a comer, porque le gusta la gastronomía. O a bailar. O a escuchar música. O a lo que sea. La mayor parte de la gente no tiene devoción por la lectura. A la mayor parte de la gente le aburre la lectura. Esa es la verdad. 

Siempre ha habido minorías a las cuales nos ha gustado la lectura. En mi época, en mi cole, en la clase de mi colegio éramos 48 personas. A lo mejor había ocho a los que les gustaba la lectura. Ahora no debe de haber más de uno o dos. No más. Y a lo mejor ninguno. Se ha ido reduciendo ese número de lectores. Pero no nos engañemos, el número de lectores ha sido siempre muy pequeño en relación a las actividades de la generalidad de las personas. Tú piensas en escritores de mucho éxito sostenido durante muchos años como Pío Baroja, por poner un ejemplo relativamente cercano, y cuando se publicaba una novela suya solo se vendían 300 ejemplares. Lo que pasa es que entonces los libros se mantenían años y años y al cabo de 30 años esos 300 ejemplares se habían transformado en 10 000. Pero no más. 

A mí me asombra pensar que un libro como Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España, que es un libro de cuatro volúmenes, cargado de erudición, escrito en una prosa castigada, en una prosa barroca, en una prosa difícil de gran aporte léxico, vendiera en su momento más de 500 000 ejemplares. Y además un libro caro, de gran tamaño, con un tema que sorprendió mucho. Es insólito que un libro tan raro y de lectura tan difícil vendiera 500 000 ejemplares. A mí eso me parece una barbaridad. Ha habido un momento reciente en el que durante dos o tres décadas leer se había puesto de moda. Ahora ha vuelto a dejar de estar de moda una vez más y las cifras de ventas si os las digo no os las creéis. 

La muralla y los libros

P. Ya nadie vende 500 000 ejemplares en España. 

R. Ni medio millón ni la mitad ¿Vosotros sabéis cuál es la venta mínima de un libro en España en estos momentos? 

P. No

R. 400.

P. ¿400 ejemplares? 

R. 400 ejemplares. La venta media de un libro en estos momentos en España es de 400 ejemplares. Ha descendido el número de lectores hasta los niveles que os estoy diciendo. En una editorial, más o menos importante, si vendes ahora 1000 ejemplares ya te ponen una alfombra roja. Es así. Ya no se lee. Están desapareciendo los libros. Están cerrando las librerías. Cómo se va a leer si la gente ya no sabe leer porque no les enseñan a leer en la escuela. Leer no es juntar palabras. Leer no es saber que la «m» con la «a» hace «ma». Es remontarse a la semántica, al significado de las palabras, que eso hoy en día ya no lo sabe hacer la gente.

La gente que ha nacido con Internet, con los whatsapp, con los SMS y con los dichosos teléfonos móviles no saben leer. Y otra cosa: si no sabes leer no aprendes a escribir. El libro, hoy en día, es un objeto en extinción. Es una antigualla. Es algo que va a ser muy difícil de encontrar, que tiene muy poca circulación y que dentro de muy poco habrá que buscarlo como si fuera un retablo románico. Si te empeñas en encontrar un retablo románico lo encontrarás en un rastro o rastrillo, donde lo revenden, o en una tienda de antiguedades. No lo vas a encontrar en ninguna otra parte. 

Estamos hablando de un mundo en extinción, de un mundo perdido. Se ha acabado. La era del libro se ha acabado en la historia de la humanidad. Imaginaros vosotros todos estos escritores que sueñan con vivir de la literatura. Cómo van a vivir de algo que en el mejor de los casos va a vender 5000 ejemplares. Y eso ya es una pica en Flandes. 5000 ejemplares en derechos de autor te va a dar cuatro perras. Ganas más dinero, aunque hay algunas excepciones, siendo asistenta que siendo escritor. 

P. La primera novela tuya que leímos fue La prueba del laberinto

R. ¡Pues fijaros! Esa novela también ha vendido medio millón de ejemplares. O casi medio millón de ejemplares.

Continuará…

En la segunda parte de la charla que hemos mantenido con Fernando Sánchez Dragó, este afamado escritor nos ha hablado sobre muchos más temas relacionados con la literatura, sobre su pasión por el cine y sobre sus futuros proyectos. 

¡No te la puedes perder! 

También puedes seguir a este escritor en

sanchezdrago.com

encuentroseleusinos.com 

laretaguardia.com

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2 comentarios en “Fernando Sánchez Dragó: «El territorio más fértil para la literatura es el silencio y no hay más premio que el de los lectores»”

  1. Espléndida entrevista a uno de los escritores más brillantes y originales . Fernando Sánchez Drago , vida y escritura se abrazan en su obra

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